Vivir centrado

La posición habitual desde la cual vivimos tiende a ser bastante superficial y a estar centrada alrededor de lo que ocurre. De algún modo, damos realidad a lo circunstancial, a lo relativo. En vez de dársela a aquello que no cambia, que se mantiene a lo largo del tiempo, hemos adquirido la costumbre de vivir apoyados en lo externo, en lo formal. En definitiva, vivimos descentrados. Descentrados en el sentido que hemos perdido el contacto con nuestro verdadero centro, con el sujeto que está detrás de todo lo que nos ocurre y que además es origen y destino de toda experiencia. Eso produce que inventemos un centro artificial (ego) a través del cual nos hemos acostumbrado a vivir y sufrimos las consecuencias de proyectar lo que somos en una forma particular.

En la medida en que esto se ve, y se ve con claridad, se vuelve fundamental llevar a cabo un proceso de centramiento, es decir, de recuperar nuestro centro natural. Afortunadamente, todos tenemos experiencias vividas desde esa posición. Un ejemplo podría ser, en la montaña, cuando uno debe cruzar un paso estrecho con un precipicio a ambos lados. En ese momento, si uno decide cruzarlo, sin apenas darse cuenta se sitúa en una posición centrada, pues sabe que si está como suele estar habitualmente, distraído y dándole vueltas a las cosas, la cosa puede acabar mal.

Se trata pues de aprender a centrarse de forma deliberada, sin necesidad de una situación externa que nos obligue a ello. Desde el centro, la acción surge de forma espontánea y directa, de modo que la mente deja de ser un obstáculo y pasa a convertirse en una herramienta estupenda para adaptar ese impulso profundo a la situación particular en que nos encontramos.

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