Somos felicidad

Una de las consecuencias de identificarse con una forma particular es la necesidad constante de proyectar eso que somos en el exterior, en unas condiciones ideales. Uno vive totalmente convencido de que para ser feliz, para sentirse libre y realizado, se deben de cumplir toda una serie de condiciones, basadas todas ellas en el tener. Tener pareja, tener familia, tener trabajo, tener dinero, tener conocimiento, etc. Y curiosamente, como estamos convencidos de ello, cuando obtenemos alguna de esas cosas, por unos momentos, sentimos eso que creemos que la cosa nos da. Es la mente, que por unos instantes, abre el grifo de la felicidad. Y acto seguido, lo vuelve a cerrar, porque la cosa termina o porque se inventa nuevas condiciones, justificando así que la situación actual no es lo suficientemente perfecta.

Tenemos que ir despertando al hecho de que somos felicidad. No es que tengamos la cualidad en sí, como si de un atributo se tratase, sino que estamos hechos de ella y que es en la medida en que la reconocemos en nuestro interior y nos atrevemos a expresarla que la iremos viviendo más y más.

En esta línea, uno de los trabajos interiores que nos permiten ir dándonos cuenta y viviendo toda esa felicidad que tenemos puesta a nombre de otros, es a través de la recogida de proyecciones. Un ejercicio que consiste en visualizar, con todo lujo de detalles, la situación o situaciones que uno tanto desea, que tanto anhela. Aquí es muy importante hacerlo lo más en serio posible, imaginando el escenario completo, sin dejarse nada. Como si uno tuviese carta blanca para pedir todo lo que quisiese, ¿qué pediría? Pues eso, imaginarlo e imaginarlo bien.

En la medida en que uno lleva a cabo este ejercicio, se irá dando cuenta de que esa felicidad que supuestamente le haría sentir la realización de esas condiciones externas empieza a emerger, aquí y ahora, dentro de uno. Y a partir de aquí, poco a poco, y con mucha calma, se trata de ir soltando las imágenes y la película que uno se ha montado, y poner atención en esa felicidad, en ese bienestar que de un modo u otro ha aparecido. Reconocer entonces que esa vivencia viene de dentro, y que es independiente de las imágenes sobre las cuales uno se ha proyectado. Se trata de ir tomando conciencia del origen de esa felicidad, de un modo experiencial y, a su vez, atreverse a vivir apoyados en ella, incondicionalmente. Esto significa no sólo vivirla y saborearla sino también expresarla y manifestarla. Que mis gestos y mis acciones sean fruto de este sentir más profundo, de un estar a gusto internamente.

Es evidente que uno no actúa del mismo modo cuando tiene un buen día y se siente pletórico, que cuando uno tiene un día regular o no tan bueno y se siente triste o deprimido. Así pues, se trata de ir viendo que somos esa felicidad que tanto buscamos en el exterior y mediante la recogida de proyecciones ir recuperándola aquí y ahora, de modo que esa búsqueda hacia afuera vaya perdiendo peso y se vaya sustituyendo por una intensidad y una entrega totales al momento presente.

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