No sé

“Sólo sé que no sé nada”, dijo Sócrates.

Por desgracia, se suele vivir muy alejado de esta gran verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente arrogante y orgullosa. Las personas viven creyendo saberlo todo acerca de ellas mismas, acerca de la vida. Nada más lejos de la verdad, pues lo que somos y lo que la vida es es incognoscible. El único modo de describir con palabras eso que somos es mediante la negación de lo que no somos. No soy el cuerpo y sus estados, ni la mente y sus ideas, no soy mis deseos, ni tampoco mis miedos. En la medida en que voy negando todo eso con lo que vivo identificado, emerge un sentido de identidad intrínseco a uno mismo que no está ligado a ninguna forma de ser particular. Esta posición interna nos permite constatar que las palabras se nos quedan cortas a la hora de describir eso que somos.

Así pues, conviene recuperar esta posición interna que podríamos resumir con un no sé. Eso requiere de una gran dosis de valentía y humildad, pues estamos acostumbrados a vivir apoyados en nuestra memoria, lo cual nos confiere un falso sentido de seguridad. No hay nada malo en el uso de la memoria, el problema es convertirla en nuestro punto de apoyo. Eso nos lleva a estar constantemente etiquetando a las personas y a las situaciones de forma compulsiva y nos impide descubrir la verdad que hay tras ellas. En el momento en que la mente dice esto ya lo sé, estamos cerrando nuestra capacidad de percepción y damos pie al aburrimiento. En cambio, si uno se mantiene abierto al instante presente, que es pura incertidumbre, que es único e irrepetible, estimula que surja de su interior una respuesta espontánea y creativa que encaja a la perfección con la situación particular.

Soltemos pues el hábito de etiquetarlo todo. No sirve para nada más que impedirnos vivir el instante tal como se presenta. Hay que vivir más, sentir más y pensar menos. De hecho, el problema no es tanto el pensamiento en sí, sino el hecho de estar constantemente metidos en sus tramas. Dejemos al pensamiento en paz. Del mismo modo que uno no está pendiente del funcionamiento del cuerpo, como por ejemplo del latir del corazón, de los procesos digestivos o de la propia respiración, tampoco tiene por qué estar constantemente pendiente de los movimientos mentales. Uno tiene que estar pendiente del instante presente y la mente, de forma natural, se encarga de hacer su trabajo de captar y procesar la información y de adecuar la respuesta al medio. Fijémonos como al hablar uno no está pendiente del uso particular del lenguaje y toda la complejidad que conlleva. Uno está presente ante eso que ve y siente y deja que las palabras fluyan con naturalidad. Cuanto menos se interviene en los procesos mentales, mejor funcionan.

Atrevámonos pues a dejar de estar encerrados en el pensamiento, a estar del todo aquí y ahora con sencillez y humildad, sin pretensión alguna. La verdadera sabiduría surge, no de pretender saberlo todo, sino de reconocer que uno no sabe nada. Eso es conocerse a uno mismo.

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