Recuperar lo sencillo

Recuperemos la sencillez del momento presente. Salgamos del repetitivo discurso mental y atrevámonos a sumergirnos en la experiencia del instante actual. Sea lo que sea que estemos haciendo, hagámoslo del todo. Que nuestra expresión sea auténtica, natural y fluida, y no una mera repetición de algo que en su día nos llegó del exterior y que poco o nada tiene que ver con nosotros. No hay que ser de ninguna manera. No va a ser tu mayor o menor cumplimiento de un modelo de comportamiento lo que te hará ser más o menos feliz. Funcionar enfocados en el encaje con el modelo nos aleja de nosotros mismos, nos amarga la vida. Tenemos que darnos cuenta de que todo aquello que hemos proyectado en otro lugar y en otro momento, en realidad sólo es realizable aquí y ahora. En el fondo, todo aquello que tanto anhelamos, ya lo somos.

De este modo, la autenticidad, la plenitud, la libertad, etc pasan a ser la prioridad, todo lo demás pasa a un segundo plano y, aunque pudiera parecer lo contrario, empieza a funcionar mejor. Poco a poco, en la medida en que nos damos cuenta de todo este potencial de energía, amor / felicidad e inteligencia que somos, surge de forma natural el impulso a expresarlo, y vamos aprendiendo a sacar lo mejor de nosotros en cada instante, en función de las demandas del mismo. Vamos viendo también que es la respuesta que damos lo único que realmente depende de nosotros.

Sean las que sean las circunstancias, debemos irnos convirtiendo en dueños y señores de nuestras respuestas pues de momento éstas tienden a ser automáticas, mecánicas, carentes de esa frescura que no obstante sí puede apreciarse en los niños pequeños. Es curioso cómo llaman la atención del adulto, aunque apenas han aprendido a balbucear un par o tres de palabras, dejan absorto a todo aquél que se encuentra a su alrededor. Y lo hacen simplemente porque están instalados en su verdadera naturaleza y el adulto, que en su día también lo estuvo, echa de menos la sencillez y la espontaneidad que se derivan de estar conectados con nuestra propia esencia.

Qué fácilmente manipulables somos, ¿no es cierto? ¿Queremos que alguien esté de buenas y caerle bien? Muy fácil, basta decirle lo buena persona que es, lo bien que nos cae y lo simpática que nos parece, y ya lo tenemos. ¿Que queremos lo contrario? Todavía más fácil… Un par de insultos o desacreditaciones y ya le tendremos disgustado (en el mejor de los casos). En definitiva, nuestro funcionamiento actual es equiparable al de una máquina, que ante un cierto tipo de estímulos responde siempre con el mismo tipo de respuesta. Nos hemos acostumbrado a vivir así, hasta tal punto que está socialmente aceptado y se consideran normales y totalmente justificados ciertos comportamientos que no son más que una repetición mecánica de unas modelos preconcebidos.

Tenemos pues que ir soltando este hábito de responder de forma reactiva. Ir también entendiendo por qué se producen estas reacciones y a la vez ir descubriendo que es posible vivir sin la necesidad de esta reactividad compulsiva. Aunque ahora nos parezca algo lejano, incluso utópico, no lo es. La experiencia indica que es posible y de hecho todos tenemos momentos a lo largo del día en que de un modo u otro nos expresamos de un modo más profundo, sincero y auténtico. Se trata pues de ir recuperando esta profundidad y de ir atreviéndonos a ser más y más nosotros mismos en cada situación, en cada instante. Ir dándonos cuenta de que la vida no hace más que presentarnos retos que nos permiten manifestar eso que llevamos dentro. No se trata, pues, de cambiar las situaciones, sino de cambiar las posición desde la cual las vivimos.

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