Meditación

No somos la mente, ni tampoco somos el cuerpo. Meditar es ir constatando poco a poco que lo que somos está más allá de ambos. Es un ir dándose cuenta de que todo aquello que uno considera propio, en realidad no lo es. Es despertar al hecho que la división entre yo y el mundo no existe, que ambos conforman una unidad. El sufrimiento es la consecuencia de la división interna que uno vive, de haberse confundido con una forma. A través de la meditación, uno va aprendiendo a salir de este enredo mental. Pues no es más que eso, un enredo, un lío, una confusión, la que nos lleva a un modo de vida esclavo del exterior, con apenas espacio para sacar lo que llevamos dentro. Es pasar del pensar al contemplar. Del saltar de una cosa a la otra al permanecer quietos y firmes ante lo que ocurre a nuestro alrededor. Es atreverse a rebelarse ante esa voz que no para de dar órdenes: ‘haz eso, haz aquello, esto sí, esto no, etc’. Para conseguirlo, primero hay que reconocerlo. Reconocer que somos esclavos del discurso mental. Un discurso al que nos hemos habituado hasta tal punto que apenas somos conscientes que en nuestro día a día no hacemos otra cosa que obedecer de forma mecánica lo que nos dice, a pesar de que la mayoría de veces poco o nada tiene que ver con uno mismo. La confusión es tal que parece como si no existiera nada más allá, como si no tuviéramos alternativa. Es una esclavitud socialmente aceptada y por lo tanto apenas puesta en duda. La meditación es un acto de gran rebeldía, es un aprender a parar, a no hacer nada, a estar quietos, en silencio, en paz. Algo que a priori debiera ser sencillo pero que a la hora de la verdad resulta tremendamente complicado debido al vicio de estar constantemente en el pensamiento, dando vueltas a las cosas. Tenemos que recuperar el mirar, el contemplar, el sentir y el experimentar. Aprender a estar de un modo simple y directo con lo que hay, sin pretender cambiarlo, ni evitarlo, ni tampoco retenerlo. Hay lo que hay. Lo contemplo, me abro a ello, y lo dejo pasar. Sin más. Sin fijarse metas, ni buscar resultados. Es tan simple que a la mente le cuesta de entender. La mente quiere cosas complicadas, complejas, le molesta no hacer nada. Pues eso, permitámonos estar sin hacer nada, sin buscar nada, sin pretender nada. Es estar aquí y ahora, del todo. A pesar de las constantes amenazas mentales, de sus quejas y de sus idas y venidas, uno se mantiene firme y quieto, observando lo que ocurre tanto en lo objetivo como en lo subjetivo. ¿Quién observa? ¿Quién se de cuenta? Despertemos a eso que somos, y que está más allá de lo observable. No somos ninguna forma. Cuando uno lo niega todo, no soy esto, no soy aquello, lo que queda es uno mismo. Y curiosamente, cuando uno lo ha soltado todo, se da cuenta de que no le falta nada, pues lo que somos es completo en sí mismo.

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