La búsqueda de uno mismo

Aunque no nos demos cuenta, el propósito último de todas nuestras acciones es encontrarnos a nosotros mismos. Todo lo que experimentamos tiene un inicio y un fin. Todo lo que empieza acaba. Todo empieza en el interior. Y todo acaba en el interior. Así pues, si somos lo suficientemente hábiles como para seguir el curso de la experiencia, ésta nos llevará directamente a su origen y nos permitirá conectar con nuestra propia esencia.

Por poner un ejemplo, sigue el curso de tu respiración. Observa la expansión al inspirar… Y la contracción al espirar. Deja que se produzca de forma natural. No intentes forzarla ni tampoco manipularla. Simple observación. Nada más. Poco a poco, ve tomando conciencia también del espacio entre una respiración y otra. ¿De dónde surge la respiración? ¿Adónde va a parar? Ese espacio entre respiración y respiración, esa quietud y ese silencio que se intuyen más allá del movimiento, toma conciencia de ello…

Estamos tan habituados a estar pendientes del movimiento de las cosas, que se nos ha olvidado de dónde provienen. Por eso conviene dedicar espacios a reconocer esa dimensión de quietud y silencio de la cual surge todo movimiento y toda experiencia, de modo que la mente se vaya volviendo cada vez más permeable a ella.

En el fondo, a lo largo del día no hacemos otra cosa que buscarnos a nosotros mismos, pero lo hacemos en la dirección equivocada, con la mirada fija en los fenómenos que suceden a nuestro alrededor, obviando lo interno. Sigamos pues el curso de la experiencia, poniendo toda nuestra atención en el instante presente, y dejando que ésta nos vaya llevando al encuentro con uno mismo. Sólo tienes que seguirla, de principio a fin, y verás que empieza y acaba en el mismo lugar: en tu interior.

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